Elecciones EEUU 2016

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Por Marco A. Gandásegui

 

Introducción

El triunfo de Donald Trump en las elecciones en EEUU sorprendió a los más incautos. Una sorpresa a medias para el establishment, los especuladores de Wall Street y del City de Londres  y, además, paradójicamente, para los movimientos de izquierda en el mundo y los ‘progresistas’ en EEUU. Trump promete cambios profundos en estilo, pero, a la vez, ‘más de lo mismo’ en la política global de despojo. Los resultados electorales fueron ambiguos. Trump ganó en el decisivo conteo del Colegio Electoral, pero perdió en el voto popular.

El presidente electo también ha generado mucho miedo en sectores amplios de la población. Mujeres, afroamericanos, migrantes latinoamericanos (‘latinos’) y jóvenes se sienten vulnerables. El discurso de Trump los excluye y discrimina.

El futuro mandatario modificó la correlación de fuerzas electorales en EEUU, arrebatándole a los demócratas segmentos claves de la población. Los analistas se preguntan si Trump ahora es el paladín de la clase obrera norteamericana.

Los gobiernos neoliberales – especialmente en Europa y América latina –  consideran que Trump representa lo peor para el futuro de sus políticas de apertura y globalización. Los gobiernos progresistas lo perciben como una amenaza a sus avances sociales.

Al final de este artículo veremos con más detalle el futuro de las relaciones de EEUU con América latina.

 

Resultados

Un análisis de los resultados de las elecciones del 8 de noviembre arroja un cambio significativo en las preferencias partidistas de los distintos segmentos que componen la población de EEUU. Una parte significativa de la clase obrera (sin importar que estrato) y muchos pequeños y medianos empresarios, que desde la gran depresión de la década de 1930, votaban para el Partido Demócrata, se pasaron al bando del nuevo Partido Republicano de Trump. La gran influencia política de la maquinaria sindical entre los trabajadores ha disminuido. Igualmente, las asociaciones se han disuelto en gran medida. Incluso, los pequeños y medianos agricultores relativamente conservadores se radicalizaron aún más inclinándose a favor de Trump.

Las encuestas que se publican en EEUU privilegian categorías no clasistas como etnia, sexo y edad. El voto étnico de los afroamericanos y de origen latinoamericano (‘latino’) no favoreció a Trump, pero su apoyo al Partido Demócrata decepcionó. El voto femenino favoreció a Hillary Clinton, candidata demócrata, pero su contribución no fue contundente. Los jóvenes también se mostraron contrarios a Trump, pero no salieron a votar a favor de Clinton en las cantidades que se esperaba.

Un total de 250 millones de norteamericanos estaban habilitados para votar. Sólo votaron 120 millones. Más de 55 por ciento del electorado se abstuvo. Importantes sectores de afroamericanos y ‘latinos’, mujeres y jóvenes no llegaron a las urnas y sellaron el triunfo de Trump.

Estos movimientos – clasistas y demográficas – fueron cruciales en el triunfo de Trump en los estados decisivos. Mientras que Obama ganó en Florida y Carolina del Sur en 2012, en estas elecciones ganó Trump. En los estados tradicionalmente industriales – Pensilvania, Ohio, Michigan y Wisconsin – donde se esperaba que ganaran los demócratas – también triunfó Trump. En todos los estados mencionados, Trump ganó por márgenes muy estrechos, acumulando todos los delegados del Colegio Electoral. Clinton ganó en estados populosos como California y Nueva York que le dio una mayoría del voto popular nacional.

 

Impacto sobre la correlación de fuerzas al interior de EEUU

Trump llegará a la Casa Blanca con un Congreso a su favor y con la llave para nombrar a un magistrado a la Corte Suprema que responda a sus intereses. El magnate de Manhattan, sin embargo, tiene fuertes diferencias con los conservadores, evangelistas y otros sectores del Partido Republicano, tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes. Si quiere imponer su estilo de gobierno – regulación industrial, armamentismo (aventuras militares), incrementos salariales, tratados comerciales, migraciones y otras políticas – tendrá que negociar muy duro tanto con republicanos como con demócratas.  Durante la campaña hizo énfasis que la negociación era su fuerte. Donde no tendrá problemas en el Congreso es en los recortes de impuestos que le prometió a los millonarios.

El nombramiento de un magistrado en la Corte será otra batalla que levantará mucha controversia. Actualmente, hay cuatro magistrados ‘conservadores’ y otro número igual de ‘liberales’. Hay una silla vacante. El candidato que proponga Trump quizás no sea ni de una tendencia u otra. Más bien, podría ser un candidato que responda a la política del nuevo presidente. ‘Su’ magistrado sería la balanza del poder.

La gran masa de obreros ‘blancos’ golpeados por las políticas neoliberales y la ‘depresión secular’, se sienten seguros que las políticas de Trump los sacarán de su actual miseria. Lo mismo creen los pequeños empresarios y agricultores. ‘Su hombre’ está en la Casa Blanca y tiene que actuar en consecuencia a todas sus promesas. Por otro lado, los afro-americanos sienten que Trump es un aliado de los ultra racistas asociados al Ku-Klux-Klan. Los ‘latinos’ sienten que el nuevo presidente iniciará una cacería contra los llamados migrantes ‘ilegales’.

El elefante que se paseará por el ‘Oval Office’ es Wall Street y el establishment. Tienen el ‘sartén por el mango’. Sin embargo, Trump ya demostró que puede llevarse el sartén sin preocuparse del mango. Nuevamente, se desatarán negociaciones en que Trump manejará a los diferentes sectores en un nuevo tablero. Los otros segmentos tendrán que ver como construyen nuevas alianzas.

El terrorismo interno y la cuestión musulmana se convirtieron para Trump en una carta política que dividió a EEUU. El primero se asoció con la libertad de portar armas por parte de los individuos (incluso de guerra) y la segunda con la discriminación abierta a la creciente población de origen árabe que el presidente electo identifica como ‘terroristas islámicos’. Esta posición le ganó el título de xenófoba.

 

Cambios en la política exterior de EEUU

A lo largo de la campaña electoral, Trump delineó su política exterior haciendo énfasis en lo que él consideraba que eran los errores del presidente Obama. En primer lugar, enfatizaba lo que llamaba las debilidades de Washington con relación a China. Sus críticas se centraban en lo económico, militar e, incluso, diplomático. Segundo, parecía tener un Plan B para enfrentar a Rusia, país que no se ajustó a las políticas de EEUU después de la implosión soviética. Tercero, en relación con los aliados tradicionales de Washington (Europa occidental y Japón), amenazó con exigirles mayor reciprocidad en cuanto a sus compromisos económicos. Trump exigió en sus discursos que cada uno de los países de la OTAN (y de paso Japón) tenía que desembolsar más recursos para cubrir los costos de su defensa y proyección global.

Trump rechaza las tesis de ‘poder inteligente’ y ‘liderazgo desde la retaguardia’, nociones muy cercanas a Obama y Clinton. Durante sus giras por todo EEUU desde principios de 2015, su lema era que acabaría de una vez con el “Estado Islámico” mediante una movilización militar de gran envergadura. Aunque se declaró contrario a la invasión de Afganistán y de Iraq, no pretende retirar tropas de la región. Insinúa que podría negociar con Rusia el futuro de Siria y su actual gobierno. Al mismo tiempo, se declara menos entusiasta con el papel que juega Israel en el Medio Oriente.

El área que más genera conflictos con el establishment y los aliados de EEUU a escala global es su política en torno al comercio exterior. Los trabajadores norteamericanos, en cambio, ven esta posición como la panacea y la solución a los problemas de desempleo. Trump es acusado de nacionalista y proteccionista. Reconoce que EEUU ha perdido su poder de antaño, especialmente en el campo de la producción. Sin embargo, está seguro que el poder militar de EEUU puede compensar la declinación económica. Ya anunció que pondrá fin a los tratados comerciales que ha negociado EEUU en los últimos 20 años: desde NAFTA hasta el TTP. Someterá las relaciones con China a un nuevo terreno más favorable a los intereses de EEUU. Politicamente, promete a quienes votaron por él que EEUU será grande nuevamente.

Trump se ha alejado de las propuestas geopolíticas que dominan al establishment: Arrinconar a Rusia y mantener bajo control a China. Pareciera que quiere convertir a Rusia en un aliado menor (como Japón y Alemania), especialmente para rodear a Pekín y neutralizar sus planes de expansión euroasiáticos.

 

El futuro a corto plazo (próximos 2 años) de las relaciones con América Latina

La política exterior de EEUU hacia América latina tuvo su momento de mayor auge después de la Revolución cubana (1959), cuando Kennedy lanzó “La alianza para el progreso”. El fracaso de esta iniciativa introdujo una serie de golpes y regímenes militares de fines de la década de 1960 hasta principios de la década de 1990. En aquella época el consejero Henry Kissinger se destacó por su labor represiva. Su sucesor, Zbigniew Brzezinski, en la década de 1980, declaró que EEUU no tenía política exterior hacia América latina porque era considerada como parte interior de la gran potencia.

En sus ocho años de gobierno, Barack Obama, tuvo muy pocas iniciativas que involucraran a la región. Excepciones importantes fueron la tímida apertura diplomática con Cuba, la intervención en Venezuela, la deportación de ‘ilegales’ y el programa ‘Prosperidad’ con los países del triangulo norte de Centro América. Al mismo tiempo, EEUU extendió su presencia militar en casi todos los países y sembró oficinas de la DEA en las diferentes capitales. Los golpes de palacio y parlamentarios sentaron la pauta de lo que Hillary Clinton bautizó como ‘poder inteligente’.

Según las propuestas hechas por Trump, la política exterior hacia América latina cambiará mucho en intensidad, pero poco en objetivos. Comenzará revisando el tratado de libre comercio con México (NAFTA), promete profundizar la persecución de migrantes mexicanos y centroamericanos (que constituyen la mano de obra barata de los miles de pequeños y medianos empresarios de EEUU) y acelerará las negociaciones con Cuba con la intención de lograr un ‘cambio de régimen’ en la isla.

Con la región en su conjunto tratará de imponer condiciones políticas favorables a Washington, torciendo brazos si es necesario. En el caso de los países del ALCA – Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua – iniciará una política de estrangulamiento económico acompañado por fuerza militar, si es necesaria. Colombia y Centro América pasarán a formar parte de la lista de ‘estados fallidos’ que pasarán a ser objeto de una mayor desestabilización. Trump delegará en un equipo curtido por su experiencia en los gobiernos de Bush (hijo) para manejar su política hacia América latina.

Rusia y China podrían intervenir, especialmente en el caso de Cuba, para mitigar la ofensiva de Trump.

 

Cierre

Trump ha definido con claridad su línea política. Sin embargo, en cada uno de los planteamientos (fronteras, comercio exterior, salud y otros) depende de la forma en que decide abordar el problema para conocer el desenlace y el grado de conflicto que generará. Su posición contraria al programa de salud de Obama puede llevarlo a disminuir la inversión pública o a multiplicarla. En materia de comercio exterior, ¿beneficiará a los trabajadores golpeados por la ‘externalización’ o sólo beneficiará a las grandes corporaciones que hacen negocios en un mercado global? ¿Cerrará la frontera con México, expulsando a 10 millones de migrantes ilegales y perjudicando a los pequeños y medianos empresarios? Muchos de sus seguidores dicen que ‘la muralla’ es más simbólica que real.

Los nombramientos que haga Trump en las secretarías de Estado y Defensa, así como su Jefe de Gabinete, serán estratégicos. Si sus selecciones son representativos de los sectores más radicales del gobierno de Bush (hijo) se sabrá hacía donde se mueve su gestión. Puede, en cambio, optar por nombrar funcionarios claves provenientes de sus vínculos con políticos más ‘pragmáticos’ cercanos al establishment.

En todo caso, Trump representa un estilo nuevo – inédito – en Washington. Ha empoderado a los capitalistas y a los trabajadores proteccionistas que le exigirán que cumpla con sus promesas nacionalistas. Ha declarado personas non gratas a quienes no reúnen las características estereotipadas que ha creado Hollywood en torno a la familia norteamericana: blanca, disciplinada y obediente. Ya existe en EEUU una concepción hegemónica en torno a los ‘diferentes’: son minorías que en la Casa Blanca serán considerados como los ‘otros’. Trump declarará oficialmente, en enero de 2017, la guerra de clases envuelta en una sábana de colores, género y edades.

15 de noviembre de 2016.